Vos habías logrado convencerme para que no lo haga más. Pero también, me habías convencido de que nunca ibas a dejarme, por eso, cuando te fuiste, sentí total libertad nuevamente. Y no una libertad de las lindas, sino una libertad más parecida a un descuido. Sentía que me dejabas sola entre todos esos pensamientos que me obligaban a hacerlo. Como si vieramos una película de terror, y al minuto 59 decidieras simplemente pararte e irte, dejando la película andando. Otra vez llegaron a mi esos monstruos de manos filosas y quisieron atraparme. Abatida por el llanto, y con la cabeza tratando de solucionar mil problemas a la vez, empezé a gritar para que se fueran, empezé a buscar ayuda por todas partes, pero ya no estabas, y parecía como si nadie pudiera solucionarlo más que vos. Se acercaban, y ya las lágrimas y el miedo no me dejaban ver. Luche, y juro que lo hice, pero me sentía sola y ya no tenía fuerzas. Me ganaron, otra vez.
Poco a poco vi como la sangre corría dejándome recuperar nuevamente la conciencia. Carne y sangre, sangre y carne, era todo lo que llegaba a ver. Y uno de los monstruos en mi mano, cantándome bajito una canción de victoria. Lo escondí, temía que alguien más lo viera. Me lave las heridas, ya se había acabado la paz de verme sangrar. Las tapé por miedo de que alguien más sospechara de que yo en realidad podía ser tan débil.
Dejé una nota y abrí la puerta. No quería que mis 'amigos' molestaran a nadie más. Corrí pero sinceramente sin saber a donde, solo corrí. Me escape, huí, como lo hacen los cobardes.
El dolor emocional empezaba a asomar otra vez.
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